El viaje

Escrito por Lara Ruiz Ch..

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Lara Ruiz Ch. nos aporta en este número, este relato basado en la experiencia de Pilar y sus búsqueda incansable de la luz.

7 de julio del 2010.  Es mi amiga quien me telefonea para contarme, así, de pronto, que  después de solicitar un mapa de ruta para hacer el Camino de Santiago; se dispone  a iniciar su recorrido a pie, desde la ciudad de Segovia, según  acaba  de decidir;  lo que me deja “de piedra”, ni siquiera la opción de plantearme el acompañarla… ¡no hay tiempo!
   
Sin acabar de digerirlo todavía, me dice que sus motivos simplemente son la necesidad de olvidar su tremenda situación presente, en este momento de su  vida, que recién le finaliza el contrato laboral;  y porque cuenta con algunos euros de más en el  Banco, que por falta de costumbre, aún, ni puede asimilar.

    La cantidad apenas le alcanza para consolidar cualquier proyecto de reforma en casa, o que pudiera significar un apoyo económico extra para alguno de sus hijos. Ni siquiera  pensar en hacer algún regalo especial,  a la menor de ellos, tras haber finalizado con éxito, su Carrera. Pero la que subscribe, conociendo a sus tres hijos, me consta que están dotados de la suficiente calidad humana, como para que eso no sea una demanda. Al igual que, me consta, lleva días, estudiando alguna posibilidad de colaborar con la adquisición del coche; en  que su hijo puso todo su empeño para conseguirle, aprovechando la oportunidad verdaderamente única que le están ofreciendo.

    Y ni pensar siquiera que su aportación pueda servir de algo efectivo para colaborar con la hipoteca del mayor que para él significaría, al menos por una vez, cierto desahogo en la mensualidad de su economía.

    Como tampoco quiere aceptar de mí, más que comprensión y cariño, me pide que pase por alto cualquier propuesta de mi parte.

    Es evidente que está decidida a utilizar su pecunio para iniciar el viaje, que desde luego hará, saliendo por Segovia,  ya que solo puede amortizar el gasto del tren para acometer la gigantesca marcha, desde allí. Es a lo más que me permite, acompañarla con el coche.

             El presupuesto a su alcance no llegará muy allá del mínimo previsto para tal viaje, que le permita comenzar la andadura del “Camino”.  Así le dicen los peregrinos que transitan por él. Y a pesar de que seguramente, lo más acertado, hubiera sido comenzar en la ruta peregrina de Roncesvalles; sin embargo, su empeño de hacerlo Madrid-Segovia, se hace evidente, que la cuestión económica “precaria”, manda.

    Por otra parte,  la tristeza de comprobar una vez mas, como el Destino encarnado en  personajes de nombre y apellidos,  imposibilitan una y otra vez, que cambiara su suerte a mejor fortuna; me provoca gritar ¡injusticia!, la que ocurre con ella, mi amiga.  A pesar de la buena disposición que percibo desde la estratosfera que la envuelve; todo apoyo etérico  parece estrellarse contra el asfalto, desviado;  por la mala baba que la envuelven constantemente,  un sofocante y determinado grupo de personas  que sin control, la rodean.

    Cuantas veces me habré preguntado, por qué tan sórdido empeño de estos seres,  que invariablemente tratan de envolverla, dedicando su energía y tiempo, en frustrar sus proyectos uno tras otro; trabajos y esfuerzos,  por  materializar algo de todo lo que su  corazón, su cabeza, y su alma, encierran sin poder dar salida a algo de todo ello. Ya fuere para bien, o para menos bien,  la realización de “al menos”, alguno de sus sueños.

    De acuerdo que todo sería como cortina de humo, si el buen D.I.O.S.,  así lo quisiera pero; a veces son tan reales, y tantos…, que apenas se desenreda de alguno de sus malos entendidos, trampas, trucos, zancadillas; cuando ya le han venido encima, otros cuantos!. Y qué bien se organizan los pilluelos de mil rostros, cuando para maniobrar,  apenas necesitan ponerse de acuerdo, ¡Estoy casi segura, se  expresan abusando del don de la telepatía!.

    Y es que para ella, como para mí, esto del mundo invisible es muy nuevo. ¿Acaso utilizar algún remedio al estilo de los vikingos, que para discernir en su mundo, lo real, de lo que no lo era;  le hablaban al viento y a las profundidades pidiendo a todo lo que se movía, identificarse y explicar el por qué de sus actuaciones y presencias…

En cualquier caso,  y sin saber siquiera los kilómetros que va a  recorrer a pié,  cosa que por otra parte, ni le importa, ya que ni quiere molestarse en hacer repaso y recuento, de lo que deja atrás. Creo acertar cuando afirmo que no existen reclamos ineludibles que pudieran  evitar su “puesta en movimiento”. 

En realidad hoy por hoy, la vida, el destino o lo que hasta ahora le envuelve; era una cárcel sin barrotes, que viene impidiéndole  la realización de todo intento y proyecto posible, tanto a nivel profesional como social, o familiar; tal parece que no ha conseguido un solo acierto conciliatorio con la Vida. Y aunque quizá no debiera decirlo;  creo que esta iniciativa de escapar de Madrid y la patética circunstancia en que “medio muerta” vive; es por llenar de alguna manera, el inmenso vacío que ahora ocupa su alma; no por falta de ideales concretos, si no por la imposibilidad de realizar alguno de ellos; lo que le pone literalmente en El Camino.

Es cierto,  que la sugestiva marcha hacia la Ciudad del Apóstol, son el único estímulo realizable en sus mermadas posibilidades y, reconozco una total subjetividad ante lo expuesto si he de fijar parámetros, dando satisfacción a lo primario: tiene una casa, familia que quiere y pensión mínima con la que cubrir las necesidades mas perentorias; sin embargo, no puede satisfacer ni una sola de sus aspiraciones, creativas y espirituales.

Hay quien separa el cuerpo del espíritu cuando quiere decantarse por la felicidad en la vida, mientras ella, mi amiga; no para de observar la complicidad que existe entre uno y otro, es decir cuerpo y espíritu, precisamente para encontrarse. Si es que eso en esta Tierra puede ser posible… pero entre tanto, lo que pretende, y la conozco bien, es un equilibrio entre ambos, al menos,  para que el ser que siente que es, no vaya dando tumbos de un extremo al otro como putón desorejado,  para llegar a  alcanzar lo más elevado y místico de la esencia humanamente divina. - Hay quien lo prefiere - .

Es decir,  lanzarse por la vida a la aventura sin sopesar errores y aciertos,  enredado en esta, digamos,  burbuja astral;  mientras van pasando los años.

Claro que también podría decirse de ella, que parece el espíritu de la contradicción ya que, no es un impulso religioso el que la pone en marcha;  simplemente, experimenta una tendencia tan liberal y tan lejos de lo material y combustible, que tal parece estar buscando el espacio que requiere su espíritu. Y en honor a la verdad que de ella, conozco, diré, que son sus deseos de comunión con la Naturaleza y sus misterios, lo que la predisponen, a pesar de sentirse acabada físicamente.

Son tantos los achaques y dolencias que socavan sus sesenta años vividos, como los deseos de volar por fuera y por dentro, pensando que con este impulso abstracto, será suficiente para equilibrar y trascender la imposibilidad real y material, de dar con la sensación de Verdad que sostiene su equiparable empeño.

Al fin se halla en marcha ya, sin lamentar haber echado junto con la mochila, el bastón que, a pesar de la aparente fragilidad, por una práctica de ligero manejo, no desdice solidez, al identificar su  metálica naturaleza de forma. Algo que si en un principio pensé le serviría más de estorbo que de ayuda y apoyo, y que me era imposible antes de su marcha, adivinar la valiosa importancia que tendría para ella, mi amiga, el disponer de su uso. Ahora, conociendo lo sucedido, no puedo por menos, que reconocer su acierto, al elegirlo como compañero.

Y  ya sin más preámbulos, paso a trascribir lo que dejó en su diario, mi amiga, desde el momento en que iniciara su pretendido y particular Camino de Santiago.

- Es mediodía solar, y ya estoy subiendo la primera pendiente desde Segovia rural, para iniciar “in situ” la Ruta. 

Mi afán por sentirme en el sendero acertado, parece inmune frente a la contundencia del sol castellano. Me interno en el caminillo que conduce a lo que semeja una escalera de piedra, de ascendencia casi vertical; con tanta solera, como moho contiene. Es de hechura medieval sin duda, por el moldeado de cada una de sus piedras único asidero y testimonio de lo que fueran escalones en otro tiempo, donde desdibujado; distingo el más popular símbolo externo del peregrino, la vieira,  apoyando sin duda y desde su silencioso lenguaje centenario, mi novato esfuerzo. 

Sorprendida, me siento feliz y ligera soportando el peso de los bien cumplidos veinte kilos sobre mi espalda.

Con el último y empinado pedrusco ennegrecido, alcanzo la primera subida que me coloca en nivel 1 de la jornada del día. Miro el entorno y visualizo carretera con castillo al fondo. El Alcázar de Segovia en lo más alto de una impresionante montaña.

Elevadísimo, imponente, inalcanzable, y entero desde el paseo por el que transito.

Una vereda serpenteante y medio en sombras, conduce, sin duda, en  buena dirección  para alcanzar sus múltiples y bien cuidadas almenas; pero esta principianta, decide no dejarse arrastrar por el olorcillo húmedo y frondoso que invita a remontar la pendiente aneja entre refrescantes sombras, por no involucrarse, en la tentación de suponer, imaginarios aconteceres ancestrales  de Ordenes y Caballerías.

De modo que, haciendo un quiebro en el paseo, busco impresionada e ingenua,  la pared fortificada en yedra, que he de seguir;  para encontrarme con la colina que me conduce a  otra señal desde una humilde y arcaica ermita macerada por la Orden de Malta, descubriendo  que por ahí es, desde donde habré de continuar la Ruta.

Rodeo la pieza circular de color térreo, erosionada y sostenida por canales naturales de arcilla herrumbrosa y milagrosamente sustentada, sobre lo que fuera en centenares de años, cauces  en pedrisco, conductores de un agua, que hace ya tiempo se bebió inmisericorde el tórrido sol de muchos mediodías, implacables. Me detengo para observar los pequeños símbolos que descansan desde setecientos años atrás, sobre el dintel y soportal del carcomido enmaderado parduzco portalón, que  corona una  misteriosa oscuridad interna, validada por  gigantes y oxidados candados.

 De mediana altura pero protegida por grandes riscos adosados, se levantan las paredes de esta minusculísima ciudadela,  refugio para el peregrino como para el perseguido, en demanda de humilde “Santuario”, que se mantiene sin complejos,  horadados sus  costados de profundas  y  estrechísimas agujas,  destinadas a cumplir con su dualidad útil en tanto de  resquicios luminosos, así como  troneras, llegado el caso.  Y sin poder evitarlo, por mi cabeza pasan muchas quimeras de acontecimientos  imaginados,  milagreros y protectores, también letales e inquisidores.

Mientras mis ojos se recrean contemplando  la entrada,  en la base de una de las dos desgastadas columnas,  que custodian el acceso; descubro una descolorido rojizo en la cruz profunda de cuatro bífidos e iguales brazos, que seguramente dejaría a su paso por aquí,  algún peregrino templario. 

Un inesperado escalofrío  recorre mi espalda en tanto que sin poder evitarlo, la imaginación se dispara mientras yo la dejo libre a pesar de que la  melancolía instantánea e improvisada,  va penetrando al  pecho, identificándose, tal vez; con un tiempo pasado vivido o soñado, y parejo, en  mezcla de temor y respeto. 

Grandeza y poder son sensaciones que intuyo, y, que con  embargo; no he sentido frente a la majestuosa opulencia erigida al Alcázar, pareciéndome pura contradicción ante la modesta ermita que permanece en aparente abandono y olvido, por las estaciones y los hombres.

La ermita de Zamarramala, va quedando atrás cuando decido enfilar la nueva cuesta que promete augurio de otros encuentros menos señoriales. Me llevo como única compañía el impagable sol de Castilla. Y tras alcanzar la última loma de algún kilómetro casi en pendiente y cuesta arriba, trato de atravesar la población del nombre que justifica su ermita.

De lejos, veo dos hombres que caminan hacia mi dirección, y al ponernos a igual altura, comentan entre ellos algo y me despiden con un afable saludo deseándome “buen camino”, y con estas dos piadosas  palabras, las personas conscientes del caminante, le desean una buena travesía durante su peregrinaje, y aunque de corazón y con la euforia del principiante,  agradecí el sincero deseo de buena voluntad por parte de esta pareja, a duras penas creo, he podido hacerles llegar un apagado sonido que  balbuceo a modo de saludo y agradecimiento, con tan agrietada y reseca boca. Lo que me hace parar unos metros después, para rescatar la botella de agua del intrincado laberinto de cordones, que la sostienen, desde el exterior de la mochila, al tiempo que consigo por fin, ponerme a cobijo bajo el parral en sombras, que anuncia un circunstancial albergue, propiciado por el Ayuntamiento y aún pendiente de culminar su restauración. En cualquier caso, sentada en un banco de madera, engullo, aunque sería más propio decir, me bebo, las dos jugosas peras guardadas para el caso.

A prudente distancia, otros dos, esta vez operarios; terminan de acomodar las herramientas que habrán estado usando para allanar con gravilla un tramo de carretera. De lejos, nos miramos sin atrevernos a soltar palabra alguna. Yo pienso que viéndome mujer sola y cargada, no se atreven  a romper el silencio que conmigo llevo, por lo que tampoco yo, intento siquiera esbozar una sonrisa, por miedo a generar dudas… supongo que mi pelo blanco les proporcione quizá incertidumbre, o cierta extrañeza, por la indumentaria y mochila que porto, ¡tal vez, en contraste con las mermadas fuerzas!. 

Durante unos segundos, nos observamos mutuamente para luego, continuar cada cual con sus menesteres.

Por unos minutos, disfruto del frescor que ofrece aquel paraje, y tras descansar, decido continuar la marcha con el deseo de alcanzar el pueblo de Santa María, donde pernoctar durante mi primera noche en el único hostal de toda la Comarca, abierto actualmente, al peregrino. Cuando reinicio mi andadura y por entre las primeras casas del pueblo de Zamarramala, me sorprende observar como en el quicio de  las humildes puertas de sus casas, aparecen botellas de agua mineral apostadas, una a cada lado de la entrada. Y casi no puedo creer que estén allí para socorro del peregrino, sin embargo, a esas horas, primeras 3 horas y pico de la tarde; el pueblo en su conjunto parece desierto. Solo destacan de su paisanaje, las cortinas multicolores en algodón, que fondean sobre los dinteles de puertas y ventanas, cerradas a cal y canto, metáfora que se me ocurre, viendo el inmenso vacío de sus calles y plaza. 

Emocionada, me paro tratando de descubrir algún rostro, pero no vislumbro nada. Quisiera agradecer el gesto aunque no tome el agua, para evitar cargar con más peso, ya que aún tengo cantidad suficiente, en mi creencia, para continuar el Camino.   Antes tengo que atravesar algunas colinas más y pasar primero por un polígono industrial  y  el pueblito de ¿Valverde…?

Llegando a la plaza céntrica de Zamarramala, se bifurcan los caminos y tras dudar, ya que no veo indicio alguno de la ruta a seguir observando mi mapa; decido tirar por la calle que va hacia la Iglesia, por ser allí donde permanece recostado en sus muros, el único hombre que aparece por el pueblo. Hombre de rostro curtido, por el viento y el sol de muchos veranos,  con rústico aspecto para, en estos tiempos. Quizá no tanto por la edad que me resulta imposible definir, como por la profundidad de los surcos que enmarcan su frente, las grietas profundas del entrecejo, o las muy  pronunciadas semicircunferencias en relieve, que definen una boca de blanquecinos y escasos labios, destacando, en la cara tostada y requemada que ya me advierte, silenciosa y expectante.

Sin duda, sabe de sobra que algo muy concreto voy a preguntarle. Así es que segura, camino hacia  él, y antes de terminar yo la frase, dirige su mirada al horizonte que se abre tras la Iglesia, y señalándome el cementerio a pocos metros de distancia, indica que le rebase y continúe colina abajo. Agradecida le obedezco y enrumbo nuevo sendero.

El sol continúa reinando sin rival alguno, por todo lo ancho del firmamento que alcanza mi vista. Ya no hay camino, solo una vereda dividida por rastrojos, hierbajos y pedregales. Imposible que por allí transiten coches, no se ven rodadas y sí plásticos de refrescos vacíos, algunos restos de celulosa desperdigados, y no mucho más. Sin embargo andados alrededor de cuatro kilómetros, comienzo a buscar alguna señal en piedras o similar, que den fe a cerca de la  certeza del Camino. Nada de momento.

Se me dijo en la Central del Peregrino en Segovia, que a mi paso, iría viendo aquí y allá “señales”, y ciertamente por la calzada segoviana que atraviesa la ciudad, grabadas sobre piedra, visualicé las vieiras compostelanas. Tras atravesar el viaducto también distinguí en un lateral del puentecillo que separa el Monasterio del Alcazar, trazos en amarillo, otra peculiaridad de los peregrinos;  pero después de abandonar  Zamarramala, y los muros de su iglesia donde me pareció distinguir otra vieira; no he vuelto a coincidir con señal alguna que refuerce mi confianza, al margen, de  las botellas de agua vacías abandonadas en el trascurso del sendero que llevo.

En cualquier caso, sé que ahora conviene siempre dirigirme hacia la izquierda, es decir hacia el noroeste  mirando desde la posición central que el sol ocupa en este momento. Aún siendo las cuatro de la tarde en mi reloj, me consta que son las dos solares, por lo que el  desplazamiento imperceptible de luz, ya comienza a indicarme que voy bien.

Mi estado de ánimo es inmejorable. Por fin me muevo entre la pura naturaleza. Ni un ruido, ni un vehículo, solo el Camino y yo. Me sorprendo al sentir que la mochila y su peso son verdaderamente llevaderos, que mis pies dan pasos firmes y ni siquiera sed, tengo. Miro una y otra vez al azul abierto, a las colinas, los colores diversos que proporcionan al paisaje la variedad de diminutas flores, regalando una peculiar belleza y disfrute a esta novata peregrina. Se nota que ha llovido mucho este invierno por aquí, ya que ni el fuego viviente sobre estas tierras, ha podido consumir el colorido tan diverso de las flores que se perciben, repartidas por todo el campo. El violeta de la banda salpicado del rojo moteado en negro, de muchas amapolas, y el vasto amarillo de la manzanilla inundando el paraje. 

Ahora,  es mi corazón y mi alma quienes sienten plenitud infantil, ingenua, llena, al disfrutar por fin una libertad muy cercana, y ajena a todas las ataduras y lastres invisibles que consigo, suele atraer  esta pintoresca viajera.

El aire es caliente, y surge de pronto en medio del páramo. Observo saltamontes y camino, camino, pero el sendero de pronto desaparece frente a todo el enrejado de púas que se levanta rodeado de zarzales y altísimos cardos. Busco en derredor, y no veo línea siquiera que muestre por donde continuar. Vuelvo a fijarme en la alambrada y leo “camino cortado”.

Me resisto a creer aquello, ando algunos pasos a derecha e izquierda buscando por donde avanzar… es inútil, una muralla de tupidos y densos zarzales lo impide. Entonces desviándome por entre los primeros hierbajos, entre marañas de finísimas varillas tostadas y resecas, distingo a unos doscientos metros de campo a través, los álamos fieles compañeros del río que divide con fuerza, el otro lado de su cauce donde, mas o menos,  a un par de  kilómetros,  vislumbro el polígono industrial que habré de atravesar continuando el Camino. Eso me da cierto respiro, ya que dicho Polígono es una prueba de que aún continúo en ruta acertada. 

Desde luego también puedo volver a desandar las colinas hasta llegar nuevamente a Zamarramala y de ahí a Segovia para buscar otra vía, pero apenas dejo reposar la idea en mi cerebro, cuando ya mis pies están saltando para sortear los pinchos empeñados en  arañar brazos y piernas, como queriendo impedir que avance en dirección al río; ya decidida en cruzarle, para encontrarme nuevamente ubicada desde la zona industrial que vislumbro,  aunque bastante lejos aún.

De pronto, de forma inexplicable y sin anunciarse literalmente hablando, nubarrones negruzcos comienzan a aparecer. Quién sabe de dónde y cómo, han surgido en medio de un firmamento totalmente azul, cálido, extenso… sin embargo es inútil hacerse preguntas, las nubes ya están ocupándolo todo y el viento empieza a soplar furioso levantando la tierra y los rastrojos.

Comienzan a caer las primeras gotas, finísimas pero abundantes. Tengo que decidir entre parar y sacar de la mochila el chubasquero que me protegerá por entero del agua, pero la lluvia se intensifica, el viento arrecia, y el suelo se va ablandando bajo mis pies, ya no hay terruño, ahora todo se anega, decido acelerar el paso para guarecerme bajo los álamos y en la margen del río, algún peñasco… algún algo… las sandalias se escurren por entre el barro y el lodazal que increíble se ha formado por doquier. La lluvia me golpea incesante, saetea fina sobre mi piel,  como si miles de afiladas agujas  trataran de taladrarme. Ya no puedo distinguir el entorno. Una densa cortina de agua gris me impide visualizar por donde camino. Resbalo, caigo, trato de levantarme. Tiro de la sudadera atada a mi cintura, está empapada. Como toda yo, entera.

 El fuerte viento traspasa mi cuerpo con un frío, húmedo y gélido. Intento colocar la sudadera sobre mi cabeza, la extiendo con ambos brazos. Al ser de lana, su peso con el agua se ha multiplicado, y a duras penas consigo colocar la prenda como visera, tratando de distinguir por donde transito.

Alcanzo los chopos y álamos del río. Permanezco parada tratando de visualizar algún vado para atravesarle. El caudal viene muy crecido. Adelanto un pié para alcanzar piedras que sostengan mi peso, no encuentro piedras, solo algas oscuras se enredan por entre los dedos, y envuelven empeine y planta.

Alargo el bastón tanteando la profundidad de las aguas, le desplazo a derecha e izquierda sin hallar firmeza. Una y otra vez se hunde en el fango del cauce, todo es terreno resbaladizo.

La lluvia continúa inmisericorde, ráfagas de viento húmedo y frío, me traspasan. El detonante de escandalosos y alarmantes truenos me resulta terrorífico al no haber atenuante alguno que les impida manifestarse en todo su estruendo. No he podido distinguir el previo relampaguear del cielo entre la densa y ennegrecida cortina de agua y viento que sin cesar, me lo impide, pero una de sus descargas pavorosamente eléctricas, potencia el aparatoso sonido  en medio del inseguro terreno  y la nada. Sobre mi cabeza se rompen con la furia de un viento huracanado,  ramas de árboles inmensos. Su crujido al desprenderse del propio tronco, bloquea mis movimientos, silba el ramaje mientras cae pegado a mí. Trato de ganar un tronco arrastrado por la corriente, por fin sorteando el lodo aquí y allá, consigo estabilizar mínimamente  el bastón sobre el fango, me introduzco en el agua para ganar el trozo de árbol que ya flota cercano a mí, pero mis pies se van hundiendo en el viscoso fondo, sin permitirme avanzar, veo como mis  lentes caen al río y se pierden arrastrados por la corriente. El agua ya me llega al pecho y el móvil guardado en mi bolsillo izquierdo queda inundado, inútil.

Me esfuerzo y consigo engancharme en el zarzal de la orilla que apenas acabo de abandonar, pero mi mochila sujeta solo por mi mano izquierda cuando  trataba de rescatar en su interior el chubasquero, con todo su peso, cae en el agua. Comienza a hundirse, ¡pero no puedo permitirlo! ahí va toda mi documentación, mi dinero… lucho contra la corriente, mentalmente imploro clemencia a las fuerzas de la Naturaleza que parece dispuesta a despojarme por entero.  Resbalo y caigo al agua. Sin control sobre mis movimientos, observo en medio de un miedo que va en aumento, como mi esfínter se afloja y ¡me orino...!  - no recuerdo haber pasado por sensación tan patética  en toda mi vida - .

En medio de aquel sórdido acontecimiento, me invade el sentimiento de impotencia. Esto no puedo resolverlo con deducciones o golpes de inteligencia, porque todo está descontrolado, se escapa a mis capacidades, y no hay nada que yo pueda hacer, salvo acumular fuerzas para continuar luchando contra los elementos.

Y ya, me sorprendo gritando e invocando a las energías del Universo para que socorran y asistan a esta insensata, sin perder la esperanza de que seré escuchada, asistida.

Rescatado el bastón del fango, le alargo y consigo enganchar frágilmente el tronco que baja flotando en medio de la corriente. Choca con los restos de un árbol ladeado y enraizado a medias, corriente abajo del río;  pero cercano a la orilla opuesta.

Entonces más que llegar a pensar, el instinto puro, por salir de todo aquello, me hostiga para recuperar con todas mis fuerzas la mochila del agua, y en medio de un golpe de luz y horrible detonación, lanzo la mochila sobre el tronco, con una mano, mientras que la otra aún sujeta  el extremo del bastón, que apenas se sostiene prendido superficialmente en la corteza reblandecida. Un dolor indescriptible sacude las coyunturas de mis brazos a la altura de las axilas, pero la desesperación que casi ya consigue dominarme, toma forma, y su densidad palpable me coloca tambaleante sobre el árbol enraizado, en un golpe de suerte, - ¿suerte…? -trato de mantener el equilibrio con un atisbo de fe en el empeño,  y voy incorporándome titubeando en cada movimiento, consciente de la frágil y voluble situación en la que me encuentro. Consigo hacer resbalar con un pié la mochila por la madera encharcada, después adelanto unos pasos,  balaceándome por el centro del tronco, y sin poder creerlo, consigo agarrarme a las zarzas que bordean la otra orilla. Mis sandalias se incrustan  tratando yo,  de afianzarme entre los pinchos, y la maleza,  que arañan todo mi cuerpo. Pero no siento ya dolor ni heridas, solo me invade el salvaje afán por ganar tierra firme. Un nuevo impulso abandona por fin el bulto de mis pertenencias en medio del barro y la hojarasca, la resbaladiza hierba,  que a escasos metros, permite algo de tierra más firme. Pero las zarzas espesas, compactas, gigantescas, me tienen bien asida, solo la humedad de la lluvia que continúa incesante, amortigua y reblandece  los efectos que están provocando sus púas.

Clavo las uñas, escarbo para aferrarme a la babeante tierra encharcada. Me arrastro, levanto la cabeza, alzo la vista buscando claridad mas allá de la cortina de agua incesante y opaca.

No puedo creer lo que mis ojos denuncian… agudizo un poco más tratando de paliar la precariedad de mi vista sin las lentes de auxilio; pero sí, es cierto;  puedo distinguir en la distancia, lo que parece ser una finísima cruz dibujada en negro. No doy crédito…,  ¡Esto solo ocurre en las películas y los cuentos!. ¡Una cruz!. Me incorporo resbalando, caigo y me levanto, sorteo el barrizal y las pequeñas lagunas. Ya en pié, y castigada aún por el agua que nubla la visión del panorama, en medio del horizonte, lejano todavía;  distingo naves grisáceas, algún tractor, un… lo que parece un enorme gallinero; y por encima de todo ello y mas distante, dibujada en el límite de aquel paraje con el firmamento;  se eleva una cruz de metal negro parece, sobre lo que se asemeja a una ermita.

Está en lo alto de una nueva colina. Inmediatamente me pongo en marcha, coloco la mochila sobre mi espalda, - pesa más que nunca -; y comienzo a caminar entremezclando palabras de agradecimiento profundo a la Divinidad, a la Bondad del Universo, y confesando cierta complicidad con la energía vibratoria que pueda permanecer del Santiago Apóstol por aquellas tierras…  alcanzo el polígono industrial.

No se ve ni un alma, ni un perro guardián siquiera. Recuerdo entonces que en esos momentos, toda España permanece seguramente frente al televisor que ofrece la semifinal del Mundial de fútbol, al que por fin ha llegado nuestra valiente y noble Selección Española. Resignada y conforme, intento encontrar la salida de aquella hondonada en que se encuentran inmersos el par de caserones de uralita y me dirijo por la única carretera de gravilla que termina en medio de toda una explanada.

 -¿Cómo es posible salir de allí? -. Llego a la conclusión de que la entrada y salida de aquella zona viene del otro lado de la autopista que se levanta frente a mí. Los coches transitan por ella a velocidad de “crucero”, y pienso que en el caso de poder llegar a esa carretera sin duda una Nacional, no se ve arcén en todo lo que mi vista alcanza. Trato de buscar lugar por donde pasar al otro lado, y lo único que distingo, es una enorme tubería, subterránea con un diámetro de casi mi estatura, que atraviesa la autopista por debajo del otro lado hasta el que yo me encuentro.

Como la lluvia continúa, no deja de correr agua por la inmensa tubería. Sin embargo tengo que aventurarme a pasar por ella. 

Sin poder evitarlo vienen a mi mente imágenes de la película del “Fugitivo” donde Harrison Ford,  tiene que precipitarse al final del túnel ¡Para caer en el inmenso caudal de un profundo río!. Comparativa y rocambolescamente  hablando, pero…

- Desde luego, ¡Hay que ver lo calenturiento de la imaginación si la dejas suelta! -
Me río ridícula y burlona de atreverme a imaginar nada parecido, y humildemente inicio el curso del canal para ganar el otro lado, con la intención de subir hasta la colina coronada por la  Ermita. Al menos allí habrá resquicio para evitar que me caiga mas agua encima. Y por qué no. Para darle gracias al Destino, por haber colocado en medio de mis percances,  aquel sacro espejismo.

De momento la corriente subterránea no inunda más allá de mis pantorrillas. Con prisa temiendo alguna otra desagradable sorpresa, gano la superficie y me encuentro en medio de la subida de tierra, que sostiene el pavimento de la autopista. Gateando casi, consigo apoyarme en el guarda barreras de aluminio, que bordea la carretera; y preocupada, busco lugar por donde atravesar la Nacional, que se extiende a lo ancho desde mi enclave.

Doscientos metros a mi izquierda, más o menos, aparece una rotonda. Tengo que llegar a ella porque allí hay señales de stop en un fondo azul que me resulta precioso. Situada en medio de ella, aguardo que pase algún vehículo forzado a parar, y pueda preguntarle a que distancia quedará el pueblo de Sta. María… primer albergue de aquella ruta compostelana. Pasan un par de coches con las ventanillas cerradas, y aunque les hago señas, continúan su itinerario dejándome en la estacada. Sin perder el ánimo continúo a la espera. Efectivamente, poco después un todo terreno, para,  y el conductor, supongo que sin temer peligro alguno de tan pobre y empapada peregrina, decide escucharme.

Luego de informar que Sta. María aún me queda bastante lejos, decido alcanzar desde la rotonda y sorteando el peligro de caminar por el mismo borde;  la dirección en que se desvía una de las entradas-salidas de la Nacional, hacia la Ermita cercana, con la decisión de pasar allí la noche mientras espero, pueda secarse algo de la documentación empapada, la  ropa…

Apenas entro en la pradera que rodea el pequeño Santuario, el sol vuelve aparecer algo bajo y a la izquierda del horizonte. No puedo creerlo, ¡Pero si parece una burla!.

Pues sí, allí, plantado en el cielo, un brillante sol, comienza a calentar de nuevo. Incrédula, me acerco a  las paredes del pequeño recinto. Camino en círculo buscando la entrada. Un porche de tejas brillantes, sostenido por dos columnas de piedra y suelo, de pizarra en rezumante azabache, dan paso a grandes puertas de madera oscura pero bien conservada, con goznes de hierro acastañado. En el centro de ellas, dos ventanas enrejadas, una a cada lado y con protectoras celosías, creo recordar. A través de estas, y respirando cierta humedad que su interior exhala, en impregnadas connotaciones de incienso puro; al fondo y rodeada de centros florales increíblemente naturales y vivos, distingo la imagen de una Virgen sosteniendo su bebé, casi encajado en la escultura, erigida  toda ella, con forma de pirámide. 

Trato de entrar pero todo permanece cerrado. Elevo la vista buscando algún herraje, hueco, señal para acceder al recinto, pero no alcanzo a ver más que el nombre de la Ermita. Nuestra Señora La Aparecida, ¿O quizás era Ermita de la  Aparecida…?  no recuerdo literalmente el rótulo, por que además,  no pudiendo dar crédito a la lectura, por unos segundos quedo bastante perpleja… y … allí,  ni un alma.  Sin embargo,  el olor a incienso que despide el interior, como el frescor reciente que ofrecen los centros plagados de flores blancas, parece  tan  real… Bien, Pilarica (me digo) ya que no puedes entrar, al menos aprovecha este porche para sembrarle de trapos, documentos y enseres;  a ver si dentro de ambiente tan mágico, “se secan”.

Vacío la mochila rebuscando primeramente el dichoso chubasquero al que acompañaba un pantalón largo impermeable verde militar. Me quito la ropa interior calzándome inmediatamente y sin respiro, los pantalones. Exprimo y escurro las prendas, y las extiendo por el zaguán, aprovechando que allí no se ve a  nadie salvo la imagen de la Aparecida con su hijo en brazos. Trato de imaginarme que me dan permiso para pernoctar y utilizar su pradera y muros del santuario. Luego enérgicamente desparramo el resto de pertrechos por toda la pradera y bancos aledaños, aguardando puedan secarse antes de que anochezca.

Mientras, contemplo sentada sobre las losas que conforman el paseo de entrada al Centro, el carnet de identidad, la libreta bancaria, el pasaporte, el mapa de ruta… los pocos billetes y las monedas; todo ello en ofrenda al astro rey esperando recibir sus bendiciones que no tardan en hacerse notar. - ¡Pronto estará todo esto  seco! -, me digo,  ingenuamente confiada.
Con el chubasquero al completo encajado por todo el cuerpo, recibiendo aquel calorcillo solariego, pronto comienzan a resbalar por mi piel goterones primero,  y luego sin tardanza, auténticos chorros de sudor, que hacen del invento, una improvisada  sauna, dentro de la cual, trato de distraerme contenta de mi suerte… entonces decido pasar el tiempo haciendo un poco de tai-chi-kun, alguna asana, para contrarrestar el nivel de adrenalina que aún pudiera albergar tan maltrecho cuerpo; cuando momentos después, distingo un hombre subiendo por la ladera que conduce a la Ermita. No le doy importancia pensando que podía ir a cualquier otra parte. Me vuelvo a sentar en las piedras que ya están calientes por la fuerza del sol, y me relajo decidida a tumbarme en uno de los bancos de madera, en cuanto oscureciese; para levantarme al amanecer y retomar mi camino, justo desde el sendero que aparecía por detrás del Recinto. 

Ya algo más tranquila, me dio por pensar en el aparente desprecio por parte de mamá Naturaleza, que frente al despliegue de desatinos vivido, se mostró intolerante e inmisericorde. Bueno inmisericorde no tanto, había recuperado casi todo y aunque llena de rasguños, descalabros y moratones; conseguí  salir del percance. Sin embargo, no me pasa desapercibido que precisamente las pérdidas son de considerable importancia a nivel personal. Dada mi precariedad habitual. Las lentes acondicionadas para la incipiente miopía, mucho más constatable en la deficiencia visual, de cercanía, además de la graduación propia del diagnosticado astigmatismo correspondiente… ¡Vamos que me costaron 650 euros del alma!,  y ver de lejos, lo que se dice de lejos… pues tampoco veo tanto, sin ellas.

Por otro lado, el móvil, precisamente el móvil… cierra toda comunicación, y mi ruta promete ser, bastante solitaria.

También puedo retroceder y volver a la RENFE para regresar al punto de partida… no, -  mejor mañana,  en cuanto amanezca busco la carretera al pueblo del próximo albergue en Santa María… mmm, Sta. María no sé qué más, el mapa aún sigue empapado y no puedo distinguir el nombre completo del pueblo -.

Llevaría escasamente una hora, cuando veo subir por una  ladera de la colina donde se erige la ermita, un coche en dirección a la misma. Yo me había despojado de toda la ropa quedándome  solo una camiseta aún empapada y el pantalón de plástico, sin ropa interior alguna. Trato de permanecer sentada en el quicio de una puerta de hierro cerrada, en el lateral contrario al camino por el que está subiendo ya el automóvil, y permanezco a la escucha. Por fin el ruido de motor al parar el coche cesa, y todo vuelve a quedar en silencio.  Sin embargo, teniendo todo mi muestrario personal de ropas y documentos al retortero, y puestos a secar sobre las piedras del suelo de la ermita, los quicios de sus ventanas, y los bancos de madera; en exposición… me instan a averiguar por dónde se van a mover las personas que pudieran haber bajado del coche y estén ahora por algún sitio cercano a mis pertrechos y enseres. Así es que me dispongo a rodear este pequeño santuario y por fin distingo a un señor, sentado apaciblemente en uno de los bancos a espaldas de la pequeña iglesia.

Nos  saludamos,  y observo como repasa mi indumentaria un tanto circunspecto. Inmediatamente paso a explicarle las razones de mi peculiar atuendo, tratando de justificar el reparto de objetos que puede contemplar desperdigados por toda la zona. Antes de que pueda constatarlo, echo por encima de las prendas interiores, una toalla; aunque no llegué a tiempo, ya que el visitante, compungido, trata de tranquilizarme alegando que no me preocupe por el espectáculo ya que de ningún modo podría escandalizarse. Agradecida, enseguida trato de desviar el tema de conversación explicándole que solo permaneceré allí hasta el amanecer, en que volveré a reemprender mi camino en dirección a Santiago de Compostela, y recogeré mi ropa y  papeles desperdigados, apenas estén secos.

De inmediato el señor se presenta dándome su nombre y explicándome, que no debería permanecer allí toda la noche y que él reside en un pueblito cercano a la ermita llamado creo recordar Valdevalverde, o similar, (para los nombres soy un desastre memorístico) y lo lamento en este caso, por que el pueblito y la nobleza de sus habitantes, merecen un recuerdo permanente).
 Dice que tiene varias casas, y una de ellas está desocupada, por lo que podría yo, pernoctar en ella. Se lo agradezco y le reitero mi gusto por permanecer en puertas de la ermita. El señor no insiste y se despide. Sube en su vehículo y desaparece loma abajo.

Respiro tranquila y me dedico a recolocar las prendas en los puntos donde ahora se dirigen los últimos rayos de sol, mientras continué calentando,  piedra y maderas circundantes; aunque me consta, que pronto oscurecerá y la humedad del ambiente, complicará el secado de los materiales.  Tampoco me preocupa demasiado, estoy tan ávida de  experiencias, que cualquier acontecimiento me compensa.

En medio de aquel paraje, escaso de alumbrado, me felicito por la oportunidad de contemplar un cielo que ya comienza a plagarse de puntitos brillantes. Por fin, después de muchos años, vuelvo a contemplar el firmamento inundado de titilantes estrellas. Cualquiera, se preguntará donde he estado viviendo… en realidad, más que dónde, es el cómo, y comprendería rápido mi avidez por disfrutar de una noche tan maravillosamente estrellada;  desplegándose ya por todo el espacio visible allá, arriba, en el firmamento; cuanto le refiriera que en una ciudad plagada, mejor  dicho, infectada de edificios abigarrados, y luces de autopistas, calzadas, estación de trenes… este espectáculo para mi, más divino que humano, me convierte en observadora insaciable de un cielo índigo y mágico como el que estoy presenciando esta, para mí, mágica noche.

Vuelvo a oír el ruido de un coche y, de nuevo, visualizo el mismo vehículo. Antes de ponerme a hacer conjetura alguna, aparecen en escena el mismo señor de antes, y una mujer algo mayor que yo. Enseguida este buen hombre, me la presenta. Es su hermana, que ha querido visitarme y tratar de convencerme entre los dos, para que pernocte en la casa que tienen deshabitada en su pueblo. Lo intentan, exponiendo, que quizá yo no me decidí antes a aceptar el irme, al ser un hombre el que ofertaba su invitación.  Ante la gentil persistencia, afirmo agradecida, y entre los tres recogemos todo y nos ponemos en marcha con la luna ya ocupando su espacio en aquel  impresionante cielo.

Efectivamente la enorme casa de dos plantas, completamente amueblada y provista de terrazas, patios y corrales; queda para mi sola,  después de concretar con esta desprendida pareja de hermanos, que al día siguiente, temprano, vendrán a recogerme para ponerme en la carretera que coincide con mi itinerario. Aconsejándome,  continúe por la Nacional, ya que allí,  los caminos que en su día conducían a Santiago de Compostela, no han sido suficientemente rehabilitados, por lo que permanecen confundidos entre la maleza y marañas de altos ramajes y hierbajos.

En la mesilla del dormitorio, encuentro aspirinas y antiinflamatorios como si hubieran detectado mi lamentable estado físico. Y aunque ni ellos ni yo hicimos referencia alguna al respecto, desde luego no anduve pensándolo para aplicarme rápidamente uno de ellos. Todos mis huesos y articulaciones, sufren magulladuras por los rasguños de caídas y arañazos. La humedad prolongada del agua sobre mi cuerpo, aún mantiene entumecidos los brazos, la columna, cervicales y lumbares. Las manos que acusan  una artritis galopante, permanecen anquilosadas y solo puedo accionarlas con movimientos intermitentes, como si estuvieran articuladas, mediante resortes robóticos.

Ya acostada, recuerdo la pérdida del móvil, por lo que estoy incomunicada, pero, nada más pensar en ello, descubro sobre una de las mesitas de la habitación un teléfono, entonces pienso en llamar al menos, a uno de mis hijos para que la familia conozca que no podrán comunicarse conmigo por la pérdida del celular. Y decirles que seré yo la que en el trascurso de los días me ponga en contacto con ellos. Luego busco el mapa del itinerario para continuar el Camino, y entonces recuerdo que también he perdido mis lentes, con lo cual, de lejos si podré distinguir algo, pero de cerca, me resulta imposible leer cualquier texto, si es como en este caso,  las diminutas indicaciones que aparecen en el plano. Entonces, la tristeza merodea cercana y antes de permitir que me invada, trato de analizar la situación con objetividad. Lo del móvil, puede pasar, pero la falta de los lentes es irreparable. En el mejor de los casos, podría volver a encargarlos en Segovia, y retrasar unos días el peregrinaje,  pero estas gafas, son de coste elevado ya que hay que acondicionarlos para astigmatismo, miopía incipiente,  hipermetropía y falta de visión parcial, en el ojo izquierdo. Por otro lado la artrosis de cadera y el lumbago,  están  denunciando mi vanidad y orgullo al no querer admitir la presente derrota.

Físicamente estoy acabada.

Si al menos, todos estos achaques se hubieran hecho presentes teniendo más avanzado el Camino, pero con tanto trecho por recorrer… sobretodo la pérdida de mis cristales…. ¡Sin dinero para renovarlos! Al fin, decido aceptar el fracaso de esta empresa, ante la imposibilidad de remontar las presentes limitaciones. Y ahora ya acepto que este Camino de Santiago, no es el Camino de Santiago, y desde luego no es mi Camino. Caigo en un silencio interior profundo no sé por cuanto espacio de tiempo, quiero dormir, pero el cansancio y traumatismos,  no me dejan.

Permanezco en un duermevela, y al fin decido que quizá más adelante si mi situación económica cambia, pueda reemprender el viaje desde otros puntos mas transitados y populares, que tengan sus vías, vigentes y  actualizadas. Por ejemplo partir de Roncesvalles o de  León… qué se yo. Esta perspectiva vuelve a encender una lucecita de esperanza y confiando en el futuro, consigo quedar dormida unas horas.

Sorprenden mi despertar los gallos de los corrales, y enseguida me vuelven recuerdos de infancia y adolescencia, cuando visitaba durante épocas estivales, los pueblos de Ávila o Extremadura, Rascafría, Oteruelo del Valle… intento levantarme,  pero mis lumbares me condenan, y entonces asumiendo tal condición, despacito, voy incorporándome con la ayuda y apoyo del práctico bastón hasta alcanzar el mobiliario cercano. Y me descubro,  aceptando la decisión tomada en la noche, voy a regresar a Madrid  y evaluar la situación desde allí, para reintentarlo en el futuro.

Cuando llegan mis samaritanos, ya he acondicionado los enseres en la mochila. Me dispongo a desayunar de forma frugal,  y a pesar, de los suculentos y variados alimentos que esta pareja benefactora y valiente, se apresuran  a colocar en la mesa. Les informo del cambio de itinerario, rogándoles me conduzcan a Segovia, en lugar de la Nacional prevista para reemprender el Camino, alegando que necesito comprar un nuevo móvil. Sentí vergüenza de informarles que careciendo de dinero para cualquier otra opción, había decidido regresar a casa.

El regreso fue sórdido, el pernoctar aquella noche en una cama y un hogar, no había sido suficiente para recuperarme. Tenía la esperanza de que quizá descansando, amanecería en condiciones  para continuar la marcha, pero no fue así, y aún en el tren que hube de esperar tres horas antes de subirme, venía mascullando mi frustración. Y es que a veces,  no soy consciente de mi condición real física. 

Igual me sucedió hace algunos años, cuando  fui a patinar en una pista de hielo artificial, en víspera de unas Navidades.
 Siempre he dominado los patines de cuchillas,  y ruedas, lo suficiente, como para no tener que plantearme siquiera tal capacidad; por lo que fue pensarlo y hacerlo!. Pero,  mi sorpresa al caer, fue mayúsucula.  Mi cabeza chocará contra el duro hielo,  estando  casi mas cerca de ser una patinadora sesentera, que cincuentona… 

En fin, en cualquier caso no supe medirme, y tampoco ahora cuando ingenua e ignorante a mi condición de deterioro fisiológico, continúo haciendo planes que luego resultan insostenibles de ejecutar hasta el final. El Destino inmisericorde, me hace ver la necesidad que requiere mi espíritu de reconocer estas limitaciones. He gastado los escasos ahorros en un equipo de senderismo, que no voy a amortizar por el momento. Y al llegar a casa, me encuentro presurosa a guardar en armario y trastero la mochila, el bastón, las botas, las sandalias, el chubasquero, y el mapa, medio escondido entre los libros de viajes que se van avejentando en mis estanterías.

Sin embargo, mi espíritu no se resigna, y aún, en algún rinconcito del alma, persiste la febril locura de escapar del actual encierro dentro de este cuerpo machacado  y en constante pugna, por elevarse soñando, con la grandeza que puede alcanzar el espíritu.
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Noviembre de 2010. Mi amiga Pilar, consigue arribar a Canarias, donde cada día hace ya un año, disfruta de la  grandeza y nobleza espontánea de sus gentes que, sin proponérselo, caminan en la seguridad absoluta de plenitud vivida, al abrazo de las olas que envuelven a sus familias, tranquilamente felices; ajenas al crudo hieratismo que se posesiona del resto del mundo ciego y convulso.

Estoy absolutamente convencida, de que realmente, este es el auténtico Camino para la búsqueda incansable de  la luz constante que pretende Pilar, mi amiga.

Lara Ruiz Ch.

lara-ruiz-pilar-amparoLara Ruiz Ch.

Escritora, Licenciada en Arte Dramático y  Periodista homologada

Las Palmas de Gran Canaria


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