Si no lo digo, reviento

La semana pasada nos desayunamos una buena mañana con la noticia de que una divorciada madrileña le tuvo que pagar mil cucos de multa por daños y perjuicios a su ex marido por haber subido a Facebook unas fotos en las que ella aparecía con una camiseta que rezaba la frase: “mi ex es gilipollas”
y juro que mi primera reacción fue una carcajada que me salió del ombligo porque, en más de una ocasión de mi vida, yo misma pensé en comprarme la misma prenda con la misma leyenda para salir cada fin de semana de una buena temporada.
Y es que seamos sinceras, hablo en femenino, que es el punto de vista del que entiendo y sé bastante, que todas hemos pensado, dicho, escrito y coloreado y cantado la misma frase en algún momento del pasado, porque cuando el príncipe de nuestros sueños y el héroe de nuestras sábanas empieza a tener pelos en las orejas y cara de lobo feroz, pasa de ser el rey de la casa a ser ese gilipollas que te ha hecho infeliz durante los últimos x meses o años. De acuerdo que normalmente esta frase suele ser dicha en su gran mayoría por las personas que han sido dejadas, porque si eres de las que has dejado al otro, pasas a otro nivel de dicción más tierno o menos agresivo. Pero después de un par de meses de duelo, el que te deja es el gilipollas, el que se pierde el pedazo de hembra que eres. Y punto.
Ahora, volviendo al notición que nos trae, a mí me da por pensar que estamos yéndonos a pasos agigantados hacia una sociedad futurista de película sesentera, una de esas en las que todos vamos vestidos con túnicas de tonos ocre, con largas melenas lisas y sandalias de tiras de cordón ecológico, en las que nos saludamos unos a otros con un levantamiento de mano y giro pa la derecha, en caso de ser cordiales, y otro pa la izquierda con la palma hacia arriba en caso de que deseemos ser ofensivos. Vamos, asépticos y distantes hasta para echarnos pestes. Porque por lo pronto ya que ni se te ocurra meterle dos guantadas a tu hijo adolescente que apunta maneras, las defensoras del bofetón a tiempo lo llevan claro porque pueden acabar en la comisaría más cercana soplando un test de alcohol o de drogas y firmando una cesión de sus derechos como madre al primero que desee adoptar a la criatura.
En segundo lugar que ni se te pase por la cabeza gritarle a tu pareja en medio de una discusión doméstica, o sea, nada de “Luis, quita el fútbol a la de ya, que ponen Memorias de África …”, “de eso nada chata que juega el Madrid la semifinal de la reina de las copas…”, “Luis, no jorobes que pa una vez que tengo un momento de verla entera y desde el principio…”, “que no cogno, que es importante y nos la jugamos…”, “Luis, que lo que te juegas es una colleja…”, ¡¡¡¡horror!!!!... porque en ese mismo instante suena el timbre de la puerta y una pareja de la Benemérita acompañada de un abogado lo han escuchado todo y ya están haciendo inventario de los bienes habidos, hijos y mascotas… Mascotas, ahí quería llegar yo… ¿hace cuánto que no ves a alguien paseando a un presa canario?, porque lo que es yo, ¡¡¡hace años!!!... Vas por la calle y te encuentras cualquier raza canina que hasta hace poco solo conocíamos en películas de Billy Wilder o en fotos de revistas del corazón; ahora todo el mundo pasea miniaturas, servidora incluida, con abriguitos y botitas de charol, ahí ya no me incluyo, y los pocos osados que aún son las personas de un perrazo mayor de veinticinco kilos, lo llevan con bozal, maniatado, con correas de diez centímetros y sin posibilidades de que pueda correr más allá de su colchoneta a la puerta de la casa, a menos que tengas una finca en La Esperanza y entonces ya es otro cantar.
Total, que entonces es cuando me acuerdo de la saga de “El planeta de los simios”, la original, esa en la que en la primera entrega sale Charlton Heston en taparrabos (mmmm, ¿verdad?) y que en su día me tuve que zampar una tras otra porque a mi hermano le dio un arrebato de comprar packs de pelis antológicas, y es cuando recuerdo que en la cuarta cinta a los humanos les da por dejar de tener perros y gatos y canarios y guacamayas y víboras e iguanas como mascotas, lo que no recuerdo bien era el motivo, algo de una epidemia creo, y empiezan a tener en casa chimpancés, y luego viene el hijo de Zira y Cornelius y les enseña a hablar y les rebela y les solivianta, y los monos la lían, y se lía la que se lía, y acabamos de regreso a Charlton Heston y la estatua de la Libertad hundida hasta las cejas en la arena de una playa perdida y los humanos en jaulas y los monos montando a caballo… Y me acuerdo de “la fuga de Logan” y de “la máquina del tiempo” donde todos estaban tan mega civilizados y mega evolucionados que se hablaban entre ellos sin mediar palabra, por medio de la mente o algo así y a los que cumplían treinta años era que los malos se los comían, o los echaban a morir a un descampado o en el destierro, porque ya eran viejos y no valían para nada. ¡Madre del amor hermoso! a mí ya se me habrían comido hace más de diez años, ¿eh?, y no digamos eso de no poder hablar y flipar de cerebro a cerebro con pensamientos, que mi mente no para y salta de una idea a otra, ¡¡¡no podría estar cerca de nadie!!!
En definitiva, que me da mucho miedo eso de que ya ni nos queda el pequeño reducto de poder mentarle la madre a un ex con los amigos y menos aún en 2.0 porque no te salva ni San Pedro que baje del cielo, ya no, a la mínima que te menees te cae una multa por desacato, atentado a la moral o buen nombre del fulano, da igual que te haya puesto los cuernos con media ciudad, te callas y te aguantas y como mucho se lo cuentas a tu madre que es la única que no te va a vender la exclusiva a una red social, fijo. Ahora, de paso vete aprendiendo a coser túnicas y a tejer cordones de fibra y la próxima vez que pasen por televisión las entregas de los jóvenes Jedi no te las pierdas para ir aprendiendo el movimiento ese de la mano que te decía antes, puedes incluso practicar y hablar como el maestro Yoda, que seguro que ganas puntos a la hora de declarar ante un juez si se te va la lengua en público: “señoría, ¿difamarle yo? jamás desearía, más fatal se ha conmigo portado él y de plástico una no es…”… y si es que si no lo digo, ¡¡¡reviento!!!

Rebeca Díaz Bernardo
Rebeca Díaz Bernardo
Comunicadora a tope
Tenerife
Nacida en Asturias y Chicharrera de adopción, soy comunicadora a tope, y me gusta buscarle el lado divertido a todo y darle una vuelta de tuerca más
Quiero por medio de esta columna, compartir con lectoras y lectores, mi forma de ver la vida.








