Chocolate y consejos

Hace un tiempo conocí a una madre que decidió ceder la custodia de su hijo adolescente a los servicios sociales por no creer posible llegar a un entendimiento con él.
Sabía que sería blanco de las críticas de todos por no ceñirse al papel de madre tradicional. Me pareció en su momento hasta un acto de valentía y, además, creí entender sus motivos.
Si su hijo no aceptaba la convivencia respetuosa con su madre pues ella no tenía por qué hipotecar su vida. Alguien muy querido por mí y con un enorme sentido común me intentó hacer ver en ese momento que las relaciones familiares, especialmente las de línea directa, son algo más que lazos cosidos a base de amor y cariño. Me habló de responsabilidad social, de las obligaciones que por pertenecer a la sociedad tenemos todos los individuos; me intentó hacer ver que más allá de la relación que tengamos con padres, hijos o abuelos, llegado un caso de necesidad, debemos dejar a un lado nuestras propias emociones y asumir la responsabilidad que como ciudadanos tenemos. Aferrada a la popular creencia de que la familia es la que uno elige durante la vida, le rebatía sus serenos argumentos con ejemplos cercanos y también ajenos sobre cómo se puede querer más a un amigo que a un hermano o cómo se tiene por hijo a quien no lo es. Ahí nos quedamos.
Este fin de semana tuve la desgraciada necesidad de acompañar a un enfermo ingresado en el hospital, y entre informes, pruebas, prisas y esperas no se me escapó que mucha gente mayor languidecía a sabiendas de que no le importan a nadie. A riesgo de bordear la estupidez de puro desconocimiento, prometo que nunca había visto un caso de abandono de ancianos en directo hasta hace poco. Conocí a una mujer de más de noventa años a la que su familia no venía a recoger a pesar de estar dada de alta, según me contó una enfermera que me reconocía que casos como ese se daban con tanta frecuencia que llegas a acostumbrarte. Y ahí terminé de acomodar y hacer míos los argumentos que tiempo atrás me mostraron sobre la responsabilidad que por ser sociales tenemos. ¿Cómo hemos alcanzado este nivel de deshumanización? En nuestra cultura de usar y tirar y del todo vale las personas hemos pasado a ser un objeto más con un valor inversamente proporcional a la edad pero directamente proporcional a la utilidad, entendiéndose por utilidad el capital monetario del que se dispone, por supuesto. Es que no aprendemos… Llevamos cuatro años de crisis y ya deberíamos tener claro que el modelo económico-social por el que nos hemos venido arrastrando no sirve, nunca sirvió más que para enriquecer a unos pocos y atontarnos a unos muchos. El conocimiento y la experiencia deben valorarse como lo que son: dos pilares básicos de cualquier sociedad que crea en un desarrollo sostenible y efectivo. La idolatría a la juventud nos ha llevado al disparate de considerar que una persona pasados los cincuenta años no tiene nada que ofrecer. Qué ironía, justo cuando has acumulado experiencias vitales que te permiten armonizar y aplicar lo aprendido vienen y te dicen que ya no haces falta. ¿Qué es lo que buscamos entonces? Si los años no sirven más que para restar, la educación no parece más que un trámite para aprender cosas que no sirven para nada y los empleos que más suspiros levantan tienen que ver con un griterío en un plató de televisión , yo ya no entiendo (ni quiero entender) nada.
Lo que sí comprendo y muy bien es la urgencia de priorizar la importancia de los valores dentro de los planes educativos. Nuestros jóvenes deben crecer sabiendo que todo lo que el mundo les ofrece está ahí porque otros lo pusieron antes; deben entender que la suerte de contar con alguien mayor cerca es un lujo de incalculable valor y que dado que estamos condenados a repetir errores, nada mejor que la sabiduría de la edad para echarnos una mano. Hemos creado un monstruo que nos devora mientras lo alimentamos. Un monstruo que nos ordena ser jóvenes eternamente pero sin la preparación adecuada porque cuanto más ignorantes, más fáciles de gobernar. No obstante, gente maravillosa hay que se esfuerza por seguir construyendo a partir del compromiso con la responsabilidad social, la consideración y el sentido común. Leí hace poco en un escrito de un alumno cómo valoraba enormemente los momentos de la infancia con su abuela cuando le daba “chocolate y consejos”. Si un adolescente es capaz de estimar lo que le ha servido para enriquecer su vida, nosotros no tenemos excusa. Seamos inteligentes: cuidemos y respetemos a los mayores.









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