Comenzar de nuevo: El tiempo no era su aliado

Constanza Vélez Hoyos nos ofrece un capítulo más de su relato: Comenzar de Nuevo
Capítulo IX: El tiempo no era su aliado
Capítulos anteriores: I II III IV V VI VII VIII
El tiempo no era su aliado, las horas se fueron en un suspiro y la semana en Colombia pasó muy rápido... Tanto que les supieron a poco las horas compartidas… él se dedicó a entender cómo era su vida y ella a imaginárselo a él en ella… Para él todo era nuevo y algunas cosas daban miedo, para ella todo tenía un halo de magia e ilusión como nunca en su vida… era como si todo el dolor y la soledad de pronto tuvieran sentido, como si tantos pasos que parecieron en falso, si todas las personas a las que quiso amar se volvieran de un momento a otro difusas y las cosas adquirieran un nuevo color.
Durante la cena de la segunda noche, mientras hablaban, él le confesó que se había hecho una promesa, que no era un adolescente y que sabía que las cosas buenas en la vida estaban reservadas para los valientes, para quienes son capaces de asumir riesgos y que él estaba convencido que ella valía la pena y que asumía el riesgo si a cambio podía tener la oportunidad de compartir con ella su vida… Sacó un anillo y le dijo que desde la primera vez que habló con ella había pensado que si cuando la viera sentía algo especial le propondría que se casaran….
Y ahí estaba ella, frente alguien a quien conocía muy poco, enfrentándose a su miedo al futuro, tratando de ponerle freno a un corazón que latía cada vez más rápido, sintiendo que de la decisión de un instante podría depender su futuro y entonces pensó en lo que siempre le decía su padre: “El amor es un acto de fe”… Y entonces dijo ¡¡SI!!
Ese fin de semana viajaron a Tuluá, una ciudad en un valle en medio de dos cordilleras, alquilaron un coche y durante 10 horas atravesaron hermosos paisajes, custodiados por militares excesivamente armados según él, garantizando seguridad según ella… Así de dispares eran sus visiones del mundo, él quería parar en cada río (en su isla no hay ninguno), a ella le parecía excesivo, pero le gustaba la mirada de ilusión de él cada vez que dedicaba un rato a ver el agua correr... Él conocía muchos lugares, muchos idiomas, ella ni imaginaba todo lo que había traspasando las fronteras de su amado país… Él había estudiado historia y geografía y aunque acentuaba mal algunos nombres era perceptible que se había esmerado en conocer los lugares por los que ella había transitado… Se detuvieron muchas veces, disfrutaron de los miradores de carretera, de los restaurantes con tiendas de artesanía y almorzaron a orilla de carretera un plato consistente de esos que comen “los muleros” (conductores de camiones), llegaron tarde en la noche y ella le presentó a sus padres. Don Ramón era un viejo sabio y tranquilo, por la edad pasaba muchas horas en silencio recordando, reviviendo… doña Melva era otra cosa, con ella conectó muy bien a través de la comida, él sabía cocinar muy bien y la dieta mediterránea le sonó a la madre de ella exótica y teniendo en cuenta su inclinación a probar cosas nuevas rápido encontraron un punto de encuentro.
Pasaron dos días en la ciudad, salieron poco, le dedicaron tiempo a la familia de ella que como en procesión pasaban por ahí, expectantes, esperanzados o intimidados ante la idea de que la niña de la casa (era la número 13 de 14 hermanos) pudiera sufrir… Dos días de almuerzos y cenas en medio de una numerosa familia, ruido de niños, preguntas repetidas que sonaban a interrogatorio para comprobar que su historia era real, que no se contradecía... nombres y más nombres que incluso tras muchos años le costaría recordar, rostros, sueños, manos, detalles, personas de verdad, de esas que aún sin recordar su nombre calaban en la memoria por lo auténtico de sus luchas, por lo real de sus batallas…
El día antes de su viaje de vuelta a Las Palmas, recorrieron la misma carretera como quien recoge los pasos, con ansiedad y miedo, ya tenían un camino compartido, había lugares que ya les eran comunes… De ahí en adelante, esperar que las cosas salieran bien, que ninguno de los dos se arrepintieran, que los trámites no les desanimaran, que la vida no les sorprendiera con reapariciones del pasado, con presencias que les alejaran… porque contrario a lo que ocurría normalmente a pesar de saber que siempre habían estado tan lejos, de pronto se sentían cercanos y sabían que ya ninguna de sus vidas sería igual…
En el aeropuerto ella espantaba el miedo apelando a la esperanza y él trataba de transmitirle seguridad aunque tampoco tenía las respuestas… Pero con la convicción firme de que a pesar de no creer en Dios, algo superior había ocurrido en su vida para descubrirse extrañando a alguien inmensamente desde antes de subir al avión… Por su parte ella por primera vez y a pesar de que él no estaría por lo menos un mes, no estaba sola, sentía que eso que tanto deseó “ser la preferida” de alguien estaba ocurriendo… que eran 30 días de ausencia ante la promesa de una vida compartida, de la convicción de poder construir una familia, que él podía ser su hogar donde quiera que estuviera, que el amor en tiempos de Internet les había dado la oportunidad de conocerse a pesar de que la lógica marcaba que dos personas en condiciones tan distintas, con pasados tan diferentes, en lugares tan distantes pudieran encontrar sus caminos… Así que ahora el resto dependía de ellos, de la fuerza de eso que es el Amor y que se construye día a día…
Constanza Vélez
Constanza Vélez Hoyos
Periodista / Escritoria / Videomarketing
Las Palmas de Gran Canaria









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