Comenzar de nuevo, capítulo IV
Comenzar de nuevo
Capítulo IV
El cuento hablaba de un amor que murió y se fue al cielo de los amores (porque así como hay cielo de los perros, cielo de las ardillas, de los leones... hay cielo de los amores), y este amor comenzó a buscar su lugar en el cielo de los amores: en un rincón encontró un grupo de amores que se golpeaban mutuamente mientras se miraban y se decían lo mucho que se querían y cuando trató de acercarse le dijeron que no pertenecía ahí, que ellos eran los amores masoquistas.
Siguió caminando y vio una larga fila, se paró en el último lugar y llegó un bus y todos comenzaron a subir, cuando lo hizo él, el conductor le dijo que no podía dejarlo entrar porque ese era el lugar de los amores pasajeros. También se encontró con los amores platónicos, los amores furtivos, que centelleaban y se ocultaban, los amores fugitivos que se la pasaban corriendo todo el tiempo, los amores fugaces que aparecían y desaparecían con demasiada rapidez y muchos más... Pero en ningún lugar lo acogían; ya cansado de caminar se sentó junto a un lago y apareció Dios y el amor le reclamó por no encontrar su lugar. Entonces Dios se disculpó porque habían cometido un error, ese amor no pertenecía a ese lugar porque el amor verdadero nunca se muere...
Sus visitas al ciber fueron cada vez más frecuentes, en una de ellas apareció él... sabía de literatura, de vinos, de la vida... entendía la diferencia entre belleza y hermosura... tenía el don de la palabra y con él, de palabra en palabra, la hizo recobrar la ilusión... La ayudó a mirarse a sí misma de una manera diferente, creyó en su talento y decidió asumir todos los riesgos. Así fueron pasando los días, entre jornadas de grabación interrumpidas por llamadas desde otro continente, a veces Europa, a veces África... El miedo fue pasando poco a poco y su lugar lo ocupó la ilusión. Volvió a sonreír, a creer, ya no era tan triste llegar a su cama fría, ahora en la pared había una foto de alguien que miraba al mar... Y la esperanza de mirar ese mismo mar le daba optimismo, y entonces pensó en eso que dicen de que "El sol brilla para todos"... y al mirar esa noche la luna en su ventana pensó en él y supo que 6 horas antes, él la había mirado y había pensado en ella.
Enfrentó el día a día entre sortear el ego de actores extranjeros que se creían superiores por su procedencia (que ingenuidad) y las tareas cotidianas: levantarse temprano, atravesar un barrio en el que siempre es 7 de agosto, llevar actores a maquillaje, leer en reunión las escenas del día, ver la marcación de las mismas, grabarlas una a una e ir coloreando un plan de grabación a medida que se avanzaba. Almorzar juntos y aprovechar para compartir realidades de esas que años después a mucha gente le parecerían extrañas y hasta increíbles: asaltos bancarios, tiroteos, paseos millonarios, asesinatos sin investigaciones, desapariciones, avalanchas... realidades de esas que a veces sólo puedes compartir en silencio, respetando esa impotencia que se conoce bien... porque también la has sentido. Como se siente la solidaridad, esa necesidad de que el del lado sepa que estás ahí y que es real, que puede contar contigo... que participarás de la reconstrucción de su casa, que le acompañarás en el velorio de su hermano, que permitirás que el sábado traigan a sus niños a grabación porque no tienen quien los cuide y te turnarás para que ese día sea especial para los niños... Una rutina que con la distancia hacía que cada una de esas personas adquirieran un valor distinto a sus ojos, por eso no deja de extrañarlos, porque eran personas de verdad... de esas que hacen que sientas que a pesar del dolor... la vida siempre vale la pena.
Una vez en por semana con Amanda y Zaría se reunían y entre las tres exorcizaban rencores y se redescubrían, reconstruían ilusiones, leían poesía y se miraban a través de otros ojos, menos estrictos, más optimistas, y descubrieron que sin importar las nacionalidad, el pasado, las creencias… hay cosas que unen a las mujeres y que jamás podrán entender los hombres, algunos años después lograría un espacio similar con otras mujeres de otra nación…. Pero de eso hablaré después.
Zaría tiene la fuerza de los mejicanos, la intensidad de esas mujeres que saben que nacieron para luchar, para ganarse a pulso hasta el amor… Tiene la piel canela, el pelo largo, los ojos oscuros y profundos y la imperiosa necesidad de enamorarse de hombres que nunca la la amarán lo suficiente, y no es que necesite mucho amor, es que sencillamente es demasiado mujer. Ha emprendido un camino por el mundo tratando de llegar a un lugar que no se encuentra en los mapas, por eso inevitablemente volvió a su patria y en ella al parecer encontró el amor y el sentido de su vida....
Amanda tiene 5 hijos y una carnosidad en la lengua que parece un piercing, el cabello rizado, rojizo, corto, no es muy alta y eso nunca le ha afectado, pues el único tamaño que le importa es tener unos brazos suficientemente grandes para albergar a quienes ama y a pesar de su casi medio siglo y toda su psicología (5 años de carrera y un titulo que jamás ha ejercido lo demuestran), conserva la juventud que vale, la que no se va con los años, el ímpetu, el espíritu que le permite comenzar de nuevo cada día por sus 5 hijos, por ella misma por el sueño de un viaje a Canarias para ver a su mejor amiga y sentarse a mirar el mar en compañía de alguien capaz de dimensionarla.
Los caminos de esas mujeres se han separado, pero la fe de verlos converger en algún momento las hace, que a veces cuando nadie las mira puedan sonreír.
Acompañando la ilusión está también Noé, un poco más escéptico, porque la vida le ha enseñado que hasta el amor hay que ganárselo a pulso... Él es su polo a tierra, ese mejor amigo que sabe reprender y acompañar (más de lo último... siempre mucho más) y con él, Panchita, la compañera que eligió para hacer el camino, una mujer que al igual que las guerreras de siglos atrás lucha día a día... y poco a poco le va ganando la batalla a un cáncer de esos que atemorizan y te hacen ver la vida de otra manera... Ellos y mucha más gente acompañan su día a día, esperan casi con la misma expectativa la llamada... y si el teléfono tarda en sonar en todos puede percibirse el miedo a verla otra vez sumida en la tristeza...
Y así entre pantallas de ordenador con imágenes lejanas, llamadas entrecortadas, horarios trucados, jornadas eternas de grabación y despedidas de esas que sólo se viven en un país como el suyo, donde la vida es un milagro que se pierde en un instante, a pesar de dolores de esos que dejan huellas permanentes en el alma, a pesar de la realidad que toca a su puerta a veces de manera directa y a veces a través de terceros, juega a ser feliz, a creer otra vez... tal vez como en el cuento este sea el amor verdadero....
Constanza Vélez
Constanza Vélez Hoyos
Periodista / Escritoria / Videomarketing
Las Palmas de Gran Canaria









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